Pa’ aquí o pa’ llevar
Todos los días suceden cosas que nos hacen preguntar: ¿por qué me pasó esto? Sin duda alguna, eventos tan particulares como los que vivimos nos hacen pensar y repensar en nuestra vida, su significado y la calidad con la que pasamos por ella. ¿Pa’ aquí o pa’ llevar? representa la reflexión que hacemos después de esos sucesos: si los escogemos y aprendemos de ellos o los dejamos pasar ignorando su propósito.

Semanalmente decidimos si estos sucesos son
“Pa’ aquí o pa’ llevar”
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Se fue la luz
Por Lillian E. Agosto Maldonado
Versión original
Caminaba por el centro comercial como “Juana por su casa”, miraba las vitrinas, la gente pasar… era un día “de compras” normal. Nada radical había pasado. La gente salía con sus bolsas llenas de artículos, paraba a comprar pretzels y hasta se deleitaba con “talent shows” de niños que se presentaban en el “food court”.
Pero todo cambió en un instante, las miradas llenas de alegría se transformaron en ojos llenos de preocupación e incertidumbre. Algo fuera de lo normal estaba sucediendo y las consecuencias parecían ser peores de lo pensado. Se fue la luz. El “mall” estaba a oscuras cuando menos lo esperábamos. Lo que era una tarde “de compras” se transformó en un “mini caos” sin energía eléctrica.
“¿Ay bendito, qué vamos a hacer sin luz ahora?”, escuchaba a uno de los compradores decir. “¿Dónde estará Taishaliz?”, decía una madre con aparente preocupación por la momentánea desaparición de su hija. “Si viniera la luz podíamos seguir comprando”, dijo un joven que me pasaba por el lado mientras usaba mi celular para iluminar el camino.
Los oficiales de seguridad del centro comercial decían “¡cierren las tiendas, cierren las tiendas!”. Era sencillo entender que parte del protocolo exige el cierre de los comercios por falta de energía eléctrica ante una fácil amenaza de robo.
Lo describo como un “mini caos”. La dependencia hacia la energía eléctrica es una realidad que muchos aceptamos pero pocos entendemos. ¿Qué es lo primero que pedimos cuando perdemos la electricidad después del paso de un huracán? ¿Cómo reaccionamos cuando no podemos dormir con el acondicionador de aire en “high” y viendo esa serie de televisión que tanto nos gusta? ¿Por qué se nos hace tan difícil vivir sin tener acceso a una computadora con Internet?
Quizás sean preguntas simples con respuestas complicadas. No intento cambiar mentalidades ante el uso que le damos a la energía eléctrica, pero sí intentar recapacitar en el valor que le damos a las cosas. Quizás no tengamos “luz” cuando un huracán pase cerca de Puerto Rico, pero al menos estamos vivos y con salud.
Quizás ser agradecidos nos arrojaría un poco de “luz” a nuestras vidas, ¿verdad?
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Promesa de ciudadano
Por Lillian E. Agosto Maldonado
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“Un hombre asesinó a balazos a su pareja ayer en la tarde en ‘equis’ pueblo a ‘equis’ hora”.
Párrafos iniciales como éste han sido el “pan nuestro de cada día” en las últimas semanas.Al parecer se ha desatado una estampida de casos de violencia doméstica en todas sus modalidades.
Disparos, fuegos, martillazos y hasta un choque de vehículos forman parte de las “estrategias” que rigen estos crímenes.
Recuerdo cómo hace unos meses el Gobierno estableció una campaña llamada “Promesa de hombre”, en la que hacían a los caballeros aparecer en pantalla, anuncios impresos y hasta digitales con el propósito de dar a respetar a las mujeres, no maltratarlas, en fin, nada nuevo.
La cuestión es que al parecer se nos ha olvidado la promesa, no sólo a los hombres, sino a los ciudadanos en general.No defiendo a quien comete un crimen, pero sí entiendo que todos somos parte del suceso.
Quizás el nombre de la campaña debió haber sido “promesa de ciudadano”. De esta forma, no sólo el que cometió el crimen es quien debe prometer respetar a la mujer, si es el caso, sino que también tanto usted como yo, tenemos la potestad de denunciar el acto de violencia que estemos viendo o escuchando.
A cada rato escucho testimonios de personas que dicen no atreverse a denunciar a su pareja porque “qué voy a hacer sin él”, “es el padre de mis hijos”, “es el sostén de la casa”, entre otras cosas.
No me he casado ni tengo hijos, así que no puedo hablar de esas situaciones, pero sí puedo decir que ante momentos como éstos, nada mejor que tomar acción, buscar ayuda y por consiguiente, una solución.
Es así como evitaríamos crímenes. La mujer debe denunciar al que la maltrata, el hombre debe dejar de cometer esos crímenes… sí, eso lo sabemos.
Pero y nosotros, ¿qué debemos hacer nosotros? Denunciar, educar y respetar. Tres palabras que se ven lindas escritas, pero que nos hace mucha falta verlas en acción.
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Una semana de peatón
Por Lillian E. Agosto Maldonado (NAHJ-UPR)
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“El mecánico dijo que tu carro se va a quedar unos días en el taller”, me dijo papi en un tono de voz bajo, como cuando uno no quiere decir algo.
“Eah rayo…”, respondí.
Sí, guiar desde mi pueblo al “área metro” todos los días se ha convertido en un fenómeno cotidiano, con todos los tapones que conlleve.
Por lo tanto, despegarme de mi carro “unos días” no es nada agradable, mucho menos cuando tienes tres trabajos, estudias en San Juan y vives en Gurabo.
En definitiva, el que dijo por primera vez “nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde” se quedó sin carro una semana en Puerto Rico, donde el transporte público es pésimo y el tren no llega a pueblos del centro y el este como Caguas.
Las guaguas públicas son cada vez menos y, lamentablemente, no tenemos la hermosa costumbre de caminar.
Quizás puede parecer un hecho muy materialista.
No es que ame a mi carro y me amarre a él como un niño a su madre. Más bien, es una moraleja de las cosas bellas que tiene la vida y que no puedes ver cuando estás en tu carro, con tu acondicionador de aire en “high” y los tintes bien oscuros pa’ que nadie te vea.
Es un hecho sencillo. Quizás pasa todos los días, pero no lo percibimos.
Vivimos en esta burbuja llamada carro que no nos deja sentir el aire “fresco”, sentir el sol en tu piel o simplemente oler los diferentes escenarios que vivimos en la Isla.
Además de perder el tiempo, ganar libras y pasar malos ratos, nos olvidamos de la gente, quienes realmente forman un país.
Nos olvidamos de la vida cotidiana y sus personajes, del paso a pie por las plazas, de la conversación en el Tren Urbano con alguien que ni conoces.
En fin, dejamos atrás lo que aparenta ser cotidiano, pero que se ha perdido por andar encerrado en cuatro puertas o a veces dos.
Sobreviví a una semana sin carro. A pesar de que pasé miles trabajos para llegar a todos mis destinos, aprendí a valorar más lo que tengo, ser agradecida y no dejar pasar ni un momento para obtener una enseñanza.
Ahora entiendo más al peatón y valoro cada paso que doy, literalmente.
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El “nuevo país” de Willie Miranda Marín
Por Lillian E. Agosto Maldonado
Foto por Edwin R. Agosto Maldonado
A los 20 años conocí a Willie Miranda Marín. Tenía como tarea entrevistarlo como parte de una cobertura especial que la emisora radial WKAQ 580 y el portal de noticias Primerahora.com organizaron para las elecciones generales de 2008, donde integraron futuros periodistas como yo.
Lo había visto en actividades públicas del municipio de Caguas, que dirigió por 13 años, pero nunca lo había tenido tan cerca.
Su llegada al colegio de votación fue una especial. A diferencia de todas las personas que entraban y salían del lugar, Willie fue recibido con aplausos, besos y abrazos del público que allí lo esperaba.
Me acerqué a él, lo entrevisté, capturé en fotos y audio, con la ayuda de mi hermano, el momento de lo que fue su último voto en una elección general.
No estuve más de media hora junto a él y ya quería quedarme escuchándolo. Noté sabiduría, organización y don de gente en cada palabra que decía, confirmando lo que he vivido por más de dos décadas: su genuino amor por su pueblo.
Muchas han sido las expresiones que se dieron a raíz del fallecimiento del eterno alcalde de Caguas. Sin embargo, yo quiero utilizar el momento histórico que vivimos para reflexionar en la importancia de trabajar para y por el pueblo, así como lo hizo el Cacique Mayor.
Como vecina del municipio cagüeño, reconozco y participo a diario de este “nuevo país” al que Willie tanto amó. Aunque soy 100 por ciento gurabeña, la mayoría de mis actividades y diligencias las hago en la ciudad criolla.
Vivo y siento a cada momento el orgullo que tienen los criollos de ser de Caguas, conozco y visito los lugares que embellecen a su pueblo y hasta paso mis buenos ratos en su plaza de recreo.
Además de construcción de estructuras físicas y un excelente manejo de administración, lo que debe resaltar de este ilustre cagüeño es su sentir de pueblo.
Willie no era político. Era un ser humano, como tú y como yo y así se comportaba en el pueblo. Su espíritu solidario y su actitud de compromiso lo convirtieron en un líder exitoso, respetado y digno de emular.
Quizás hemos perdido al único rayo de esperanza que teníamos ante la crisis que vivimos a diario. Esto puede representar para mí, lo que para mis padres significó la pérdida de nuestro primer gobernador electo, Luis Muñoz Marín.
No obstante, puede ser el momento de analizar cómo vivimos nuestros días, a qué le damos importancia y qué fuerzas son las que dejamos que nos dividan.
Dejar la politiquería, el fanatismo por los partidos y sus líderes y preocuparse por lo que de verdad importa: el pueblo. Ésa debe ser la idea que llevemos nosotros como ciudadanos y nuestros “gobernantes” como cabeza de nuestro Puerto Rico.
Aprendamos de Willie, continuemos su obra y démosle la oportunidad a nuestras futuras generaciones de conocer un “nuevo país”.
Descansa en paz, Willie.
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El primer día de trabajo
Por Lillian E. Agosto Maldonado (NAHJ-UPR)
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Una de las oportunidades que la vida me ha regalado consiste en trabajar en mi área de estudios.
Para muchos, ser periodista es una oportunidad de salir en cámara, de que los graben, de ser “famosos”.
Otros, sin embargo, lo ven como un momento para dar a conocer noticias que no se ven a diario en los medios de comunicación o, quizás, como una manera responsable de llevar información a las personas.
Recientemente, tuve mi primer día en un trabajo formal en los medios y, aunque fue muy grato compartir con personas que laboran en este campo, hubo algo que me entristeció grandemente.
Violencia doméstica, suicidios, accidentes fatales y dobles asesinatos fueron la orden del día. Lamentablemente, esto podría predecirse por el alza en crimen que vive el País.
A diario comento con personas lo “malas” que están las cosas. No sólo el crimen, sino el fanatismo político barato y los sucesos tan lamentables que se viven aquí.
No lo digo con ánimo de escapar del país que me vio nacer, ni de revertir algún tipo de campaña turística. Lo digo porque es la realidad.
Muchos tememos a salir en la noche por cualquier sitio y hasta hemos llegado a pensar que ni en la casa se está seguro. El miedo se ha apoderado de la gente y, entre la crisis económica, el crimen y la política, terminan con “quitarse” de sus vidas y no luchar más.
¿Podremos tener algún grado de paz en nuestras vidas? ¿Saldremos a la calle sin pensar que andamos con “pepper spray” en el bolsillo “por siaca…”?
Éste es nuestro momento para repensar en nuestra situación diaria. ¿Cómo podemos lidiar con estos problemas? ¿Cuál debe ser nuestra actitud ante estas situaciones?
¿Cómo podemos aportar a la sociedad para que ésta no siga deteriorándose? ¿Por qué no combatimos esa imagen con cultura y con deporte? ¿Por qué no dar una opción de cambio real?
El llamado es a aportar, ayudar y transformar, y tú puedes dar ese primer paso.
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El momento verde
Por Lillian E. Agosto Maldonado
lillianagosto@nahjupr.org
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Me imagino que tienes que estar ocupadito reciclando o quizás estás en las de buscar un espacio en tu patio para sembrar un árbol… ¿verdad? O bueno, quizás hiciste un grupito de amistades y van para la playa, bien tropicales, y después de pasar todo el día “chilin”, seguramente se llevan la montaña de basura que tiraron en la arena y quién sabe si a los peces.
Obviamente mi tono es sarcástico. Después de un mes “green” y de un sustito que nos hizo temblar, es posible que sí hayamos empezado a dejar de usar bolsas plásticas, pero también y lo más real, es que no. La preocupación por el ambiente se ha convertido en una moda verde que todos los años hace su “boom” en el mes de abril, mes del planeta Tierra. Este año los grandes terremotos ocurridos hicieron que la gente también se preocupara más y que temblara pero de miedo al pensar que podrían ser víctimas de un fenómeno como éste. Eco eventos se han celebrado durante todo el año y van desde exposiciones, charlas y conferencias, hasta proyectos, campañas y movimientos.
Hay muchas iniciativas que están dándose para fomentar el cuidado del ambiente y su conservación y protección. Es momento de que se tome acción. El primer paso puede ser formar parte de una de ellas. Es algo que se está dando siempre y que cuenta con personas que no sólo sacan el mes de abril para recordarle a la gente que no debe tirar basura, sino que están comprometidos con la causa. Quizás puede comenzar en su casa al impartir eco directrices básicas. Ahorrar energía, reciclar, sembrar, entre otras. Puede ser un buen comienzo, ¿no? O tal vez puede hacer un grupo para ir a la playa, pero a recoger basura… ¡Quién sabe si una excursión a alguno de nuestros bellos paisajes le hace recapacitar y en vez de verlo y decir “hay que lindo” dice “hay que protegerlo”!
Después de un mes completamente verde, es momento de madurar. Que no sea solamente el Día del Planeta Tierra cuando recordemos la importancia de cuidar nuestro entorno, sino todo el año. ¡Empecemos ahora!
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¿Estrellas o estrellados?
Por Lillian E. Agosto Maldonado
lillianagosto@nahjupr.org
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Estrella: cada uno de los cuerpos que brillan en la noche, excepto la Luna.
Fuente: Real Academia Española.
La estrella es uno de los términos más utilizados en el mundo literario, ya sea para poesía, cuentos, ensayos u otros.
Es, también, parte de canciones populares y hasta de escenas clichosamente románticas que aparecen en las películas.
En fin, las estrellas están en todas partes y no solamente obtienen el significado que la Real Academia Española les da como parte del más allá, sino que también forman parte del día a día, del “más acá”.
No hay que mirar al cielo para ver una estrella. Muchas veces, nos topamos con personas en nuestro camino que brillan por sus obras y no necesariamente me refiero a un artista famoso.
Quizás la estrella que vemos, día a día, es una madre que da el 100 por ciento porque sus hijos estén bien, sin prestarle atención a las condiciones en que viva y si está o no casada. Tal vez, una estrella que tenemos cerca y no la vemos es un padre al que no le importa sacrificar su tiempo si es para compartirlo con sus hijos.
Sin telescopios podemos ver estrellas terrenales, seres transformadores que con sólo una sonrisa convierten tu día en uno más lindo. Gente cortés, sincera, agradable y simpática es el tipo de estrella que puede brillar a plena luz del día.
¿Seguiremos esperando a que oscurezca para ver una estrella brillar? ¿Seremos agentes de cambio y nos convertiremos en estrellas que iluminen el camino de muchos otros?
Quizás es momento de pensarlo bien. Analizar cuánta luz les damos a los demás y ver si brillamos genuinamente. Ajustar nuestros niveles de brillantez y hacerle el día al primero que nos pase por el frente, sin importar quién sea, sin importar qué piense.
Muy bien lo dicen por ahí: “unos nacen estrellas, otros nacen estrellados”. Eres tú quien decide ser una estrella y brillar en el mundo. Hacer la diferencia es atreverse a brillar.
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Rojo candela
Por Lillian E. Agosto Maldonado
lillianagosto@nahjupr.org
Versión original
Era sábado, el sol no dejaba de brillar a pesar de una inmensa nube gris que se creía que impediría el evento. La entrada al lugar que visitaríamos estaba custodiada por la guardia universitaria y, al parecer, hasta nos quitarían nuestras sombrillas. No me sitúen en la “Iupi” en estos momentos de manifestaciones que vivimos. Ubíquenme en las Justas Atléticas Interuniversitarias de este año, celebradas en el Estadio Centroamericano de Mayagüez.
Un “801” adornaba la camisa roja que la mayoría de los estudiantes de la Universidad de Puerto Rico, recinto de Río Piedras, portábamos. El número provocaba la curiosidad de muchos que sin dejar de mirarlo preguntaban: “¿qué significa eso?” Unos, prefirieron darle rienda suelta a su imaginación y elaborar sus propias camisas con mensajes que evidenciaban orgullo por su lugar de estudio. Otros, simplemente empleaban su creatividad en frases dirigidas a sus atletas para apoyarlos. Eran éstos la razón principal de tan esperada actividad. Era precisamente el deporte y quienes lo ejecutaban lo que movía a las masas.
“¡Vamos Iupi!”, coreábamos con nuestras camisas rojas, pero no cualquier rojo. Ni siquiera era rojo pasión, era rojo candela. No éramos los únicos que apoyaban a sus atletas, sino que todos los grupos de estudiantes de las distintas universidades hacían lo mismo por los suyos. Unos grupos llenaban casi todo el espacio que les fue asignado y otros casi ni se veían dentro de la gran cantidad de estudiantes que allí estaban. Muchos preferían permanecer callados, otros se desvivían por expresarse a favor de sus representantes deportivos. Veía cómo los atletas nos observaban quizás pensando en las locuras que decíamos… o en el apoyo que les dábamos.
Locos o no, representábamos un aplauso a un artista, una A+ a un estudiante, un “bien hecho” a un empleado. Dentro de todo el ambiente de gritos y aplausos, destacamos la solidaridad con nuestros atletas, pero también la unión como jóvenes y futuros profesionales. Que experiencias como éstas nos ayuden a reflexionar en la unión como pueblo y a apoyar el talento con el que contamos en nuestro País.
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La gran decepción
Por Lillian E. Agosto Maldonado
lillianagosto@nahjupr.org
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Sus rostros pueden decirlo todo. Sus ojos dan una vuelta de 360 grados que ni una película de terror podría igualar. Al parecer representan cansancio… evidenciado en sus hombros que lucen como si se andara con dos sacos de cemento encima. Son las 6:55 a.m. por lo que sus intenciones de haber continuado con el séptimo sueño están más latentes que nunca.
Acaban de llegar a la Universidad y la misión a esta hora de la mañana va más allá que buscar un simple estacionamiento. Ellos corren, pero corren por llegar temprano, entiéndase a tiempo, para comenzar su clase. Después de evadir las ganas de permanecer descansando en el asiento del carro, llegan al edificio donde recibirán el pan de la enseñanza. Quedan dos minutos para entrar así que no habrán tomado la asistencia para cuando entren al salón.
Entraron, se sentaron y… la profesora no estaba en el escritorio. “Vamos a darle cinco minutos. Puede ser que esté en un tapón, hay que entenderla”, decía uno de ellos. “Es más y si tuvo un accidente”, refutaba.
Pasaban los 15 y los 20 minutos que “hay que esperar” y la profesora no llegaba. El semblante de “amanecío” se mezclaba con el de enojo. La tolerancia “taponal” se convertía en una ira interna que desembocaba en palabras: “¿Pa’ qué llegamos temprano?” “¿Por qué faltó ahora?” “¡Ella siempre falta los días que yo vengo!” “¡Me debí haber quedado en casa!”
Era algo más difícil de tragar que una vitamina, se trataba de una madrugada en vano y una clase menos.
A veces se preguntan cuánto más tendrán que aguantar… ser profesor implica mucho más que enseñar. Se trata de ser responsable con los que recibirán esa enseñanza. La relación profesor – estudiante no debe verse como una “vertical” como me enseñó uno de los mejores profesores que he tenido en mi bachillerato. La relación debe verse de manera horizontal, al mismo nivel, sin abuso de poderes de ninguna de las dos partes.
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Vivir
Por Lillian E. Agosto Maldonado
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Puedo cerrar los ojos y recordar ese momento como si lo estuviera viviendo ahora mismo. Mami llegaba como a las 3:30 p.m. todos los días a buscarme a la escuela y me daba un abrazo… uno de esos que has deseado desde temprano en la mañana. Recuerdo el sonido de sus llaves cuando llegaba, su rico aroma y hasta la expresión en su rostro cuando me decía: “¿cómo te fue hoy, Lilly?”
Es ése uno de los momentos más lindos que mi madre compartía conmigo y de ésos que no puedo sacar de mi mente cuando pienso en mi niñez.
Sensaciones como ésas son únicas. Son recuerdos que no se borran de mi memoria y estoy segura que de la de mi hermano tampoco. No era cuestión de que mami nos dedicara “X” o “Y” tiempo, sino que lo hacía de una manera rica en afecto y comprensión. Son momentos dignos de recordar y por consiguiente, como dice el refrán, “vivir”.
Igualmente, puedo revivir los momentos en que papi y yo veíamos películas en el sofá de la sala. Para ese entonces, Teleonce (actual Univisión Puerto Rico), se encargaba de entretener a su audiencia con filmes de Hollywood que lograban algo positivo en nosotros como familia: unirnos.
Es muy triste saber que niños no puedan vivir ese recuerdo que tengo ahora. Después de 20 años de vida, tener la oportunidad de rememorar esas experiencias es grato y sobre todo cuando pertenecen a un pasado precioso. Después de 20 años puedo decir que mi niñez fue estupenda, con altas y bajas (como en todas las épocas de la vida), pero con una dedicación y atención por parte de mis padres que la hizo más valiosa.
Compruebo que dedicarles tiempo a los hijos no es una acción en vano. Más bien es un hecho que a la larga cosecha comentarios como éste.
Algunos me miran raro cuando digo que ceno con mi familia a la mesa todas las tardes, o quizás se asombran cuando subo una foto en Facebook “jangueando” con mis padres, pero es que esa unión existente entre nosotros hace que compartamos juntos siempre. Esa unión que quizás empezó con abrazo cuando solamente teníamos meses de nacidos, es algo digno de recordar a cada momento, y, por consiguiente, que hay que vivir.
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Es cuestión de respetar
Por Lillian E. Agosto Maldonado
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-“¡Shhh!, ¿no oyes que están hablando? Respeta.”
Es normal escuchar esta frase en cualquier lugar. En muchos casos, se le hace el acercamiento a un niño. En otras ocasiones, es común ver a una esposa dándole de codo a su marido para que haga lo propio. En fin, es algo cotidiano que pocas veces analizamos, pero que a diario estamos acostumbrados a ver y escuchar.
Reflexiono en tan sencilla frase y sólo me viene a la mente el valor de las palabras y la poca importancia que se les da. Anteriormente, hice un llamado a escuchar. Esta vez, quisiera que se valorara lo que se dice desde el punto de vista de una creencia. Con toda la espiritualidad que trajo consigo esta semana pasada, en definitiva el tema de las religiones estuvo sobre la mesa. Unos abogan por ellas, otros no. Sin embargo, al punto que todos deben llegar y en el que todos deben coincidir, es en el del respeto.
Muchas veces las palabras que se dicen, se comparten sin el debido cuidado. Se desbordan como un vaso lleno de agua y siguen corriendo sin pensarse en las consecuencias que pueda tener. Se habla y se habla; se dice y se dice: todo esto sin pensarse antes de actuar. Diversos son los momentos en que no medimos lo que decimos, lo hablamos en son de broma o hasta lo mencionamos directamente “sin ton ni son”, como se dice coloquialmente.
Sin importar el tipo de religión, creencia o ritual que se tenga, debe respetarse lo que se piensa, después de todo es su modo de creer. No necesariamente eso obliga a estar de acuerdo con la otra persona, pero sí demuestra madurez el simple hecho de respetarla. Medir las palabras es la clave; es cuestión de respetar.
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Pequeñas grandezas
Por Lillian E. Agosto Maldonado
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El pasado viernes conocí a un jovencito que no sólo era simpático y talentoso, sino que irradiaba luz a donde quiera que fuere. No llegaba ni a diez años su edad, sin embargo, su manera de expresarse y actuar podía sobrepasar las destrezas de cualquier joven con dos o más décadas de vida en el mundo.
Dicen que uno de los tesoros que más debe conservarse en la vida es el espíritu de niño. Seguramente, esto no implica que se juegue con muñecas todos los días, ni que se use un babero para consumir algún tipo de alimentos. Tampoco creo que se refiera a usar pañales desechables ni mucho menos que se esté hablando de la pérdida de “dientes de leche”. Más bien considero que esta típica creencia se refiere al espíritu de humildad, inocencia y espontaneidad con el que cuentan los niños. Se trata de esas pequeñas grandezas que caracterizan a los “chiquitos” y de las que tanto carecen los “grandes”.
Un adulto debe conservar la humildad ante todo. Sin importar cuán alto sea su puesto ejecutivo y cuán poderoso sea el rango que posea, el ser humilde trae una gran satisfacción, no sólo para esta persona, sino para los que le rodean. Es una sencilla característica que muy pocos conservan, ya sea porque nunca la han cultivado, o porque han preferido dejarla escapar de sus valores.
A pesar de todas las travesuras que hagan, la inocencia de un niño es un distintivo especial. No sólo por ser niños y estar en plena etapa de crecimiento, sino por la influencia que tienen en el pensamiento adulto. Muchas veces las preguntas de los menores son mucho más profundas y dadas a un razonamiento crítico que las de los adultos.
Por último, resalto la espontaneidad de la niñez. Son muchas las veces que los niños se acercan a nosotros y nos dicen cada cosa, hacen cada gesto y tienen cada detalle con nosotros. Estas acciones para algunos son insignificantes, pero la intención genuina que puede apreciarse en sus ojos la hace importante.
Hay acciones como éstas que debemos emular, no para ser niños siempre, pero sí para conservar su esencia, su espíritu.
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¿Una palabra o un “click”?
Por Lillian E. Agosto Maldonado
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Las aplicaciones, los mensajes de texto, la red social, el “twitteo”, el vídeo, la fotogalería, el enlace, los “tags”…
“Cotidianos”. Así podrían describirse los términos con los que comencé mi escrito de esta semana. Vivir la comunicación cibernética a diario, transforma la manera en que realizamos nuestros pagos, las compras, pero sobre todo, la comunicación. Ya es común que a diario “textiemos” a un amigo para ir a almorzar, le enviemos un mensaje a través de Facebook a un compañero que cumplió años recientemente y que nos enteremos de lo último en el mundo noticioso porque alguien lo puso en Twitter. Nuestra comunicación se mudó de lugar. Lo que tradicionalmente implicaba una llamada telefónica o un encuentro personal, ya sólo es un “text”.
¿Alguien ha pensado en sentarse a la mesa para dialogar después de la cena? ¿Alguno se ha preocupado por escribirle una carta a su amigo? La revolución cibernética es parte de nuestra vida cotidiana, sin embargo, el uso que se le da a estas nuevas tecnologías, es lo que transforma las vidas. Las utilizo a diario, las vivo y las practico, pero todavía valoro conversaciones personales y disfruto escuchar las voces de mis amigos y familiares. Un saludo en persona, una llamada o un simple compartir entre amigos personalmente, no le viene mal a nadie.
El auge de estos adelantos está en todo su apogeo. Es ahora cuando nacemos con la computadora en una mano y el celular en la otra. Es ahora cuando debemos valorar mucho más la comunicación personal, cercana y presencial. Este es el momento de apreciar ese “hola, ¿cómo estás?” Podemos combinar ambas herramientas comunicadoras, tanto la personal como la cibernética, pero que nunca se nos olvide la importancia de escuchar una voz, compartir una mirada y regalar una sonrisa.
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Por amor al arte
Por Lillian E. Agosto Maldonado
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Son muchas las veces que he tenido encuentros con personas que dan el todo por el todo. Se desviven por lo que hacen, cumplen con lo que prometen y siempre dan la milla extra. Más curioso aún me parece que estas personas hacen lo que hacen de manera voluntaria, “por amor al arte”, por el simple motivo de hacer lo que les gusta.
A diario pienso y repienso en la oportunidad de servir desinteresadamente y lo enriquecedor que sería para todos. Recuerdo cuando en años anteriores obligaban a estudiantes a hacer horas de servicio en sus escuelas y muchos de ellos, lo hacían por cumplir. Otros terminaban haciendo de esa labor servicial una oportunidad para desarrollarse en la sociedad y aun cumpliendo con las horas asignadas, seguían laborando sin recibir recompensa alguna.
Quisiera saber qué los motiva a servir sin motivo alguno, por qué lo hacen, qué los lleva a dar el 200 por ciento por algo, si a fin de cuentas, no recibirán nada a cambio. Quisiera que como pueblo tomáramos más en consideración estas oportunidades, las respetáramos y le diéramos el valor que se merecen. Seguramente, valoraríamos más lo que tenemos y aprenderíamos a dar de nuestro tiempo sin esperar nada a cambio.
Según muchas de las personas que ofrecen sus servicios voluntariamente, dar sin esperar nada a cambio sí tiene su recompensa. Muchos dicen que una sonrisa es la mejor paga que pueden recibir los voluntarios que donan su tiempo y esfuerzo para realizar una labor. Se trata de la satisfacción de que ayudas a los demás, das tu mano y brindas tu apoyo.
Es una decisión criticada por muchos, pero también es un momento aprovechado por otros. Es un espacio de reflexión interior; de darse cuenta que tomar acción no necesariamente conlleva un pago monetario, sino que también puede ser un producto que enriquezca el ser y no el bolsillo.
Se trata de compartir esa tarea con los demás y enseñarles que, como me dijo mi hermano, no es por el amor al arte sino que es el arte de amar a los demás a través de acciones.
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Diez kilómetros
Por Lillian E. Agosto Maldonado
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El pasado fin de semana tuve la oportunidad de ser parte de uno de los eventos deportivos más importantes de Puerto Rico. No sólo por darle exposición a la Isla y contar con los corredores más sobresalientes local e internacionalmente, sino por convertirse en un evento que trasciende vidas.
El World’s Best 10K implicó para muchos una carrera más, una actividad deportiva intensa y agotadora o un simple maratón de miles de personas corriendo o caminando sobre un puente. Sin embargo, para otros la actividad fue más allá de un maratón normal, fue un medio por el cual los participantes pudieron transportar sus ideas; significó una oportunidad para hacer realidad sus sueños y hasta un símbolo de superación, perseverancia y valor.
Como parte de mi práctica en periodismo, fui asignada a cubrir el maratón y, además de convertirse en un reto en todos los sentidos, descubrí la fuerza que tenemos dentro. No únicamente por soportar el sol ocho horas, tomar fotos y vídeos con un teléfono celular y reportar cada 15 minutos, sino por ver en cada persona que corrió los 10 kilómetros, una meta, una causa, un fin.
Entre las más de 10 mil personas que cruzaron el puente Teodoro Moscoso, corrieron grupos de entidades sin fines de lucro que querían llevar un mensaje con su acción. Miembros del Hogar del Niño usaban camisas que leían “No al maltrato de los niños”, un mensaje que por más que se repita, nunca está demás. Otros grupos de trabajo, iglesias y compañeros de clases, aprovechaban para enriquecer su amistad con un momento como éste. Se tomaban fotos, se apoyaban y hasta se ayudaban si alguno de ellos caía al suelo en el trayecto. Hubo carreras de personas con impedimentos físicos y niños. Ambos grupos demostraron que no hay obstáculo que se interponga en el camino, cuando las ganas y el interés en llegar a la meta están presentes.
En la vida existen metas que nos quedan a más de diez kilómetros de distancia. Muchas veces se ven difíciles y casi imposibles de alcanzar, pero si, en definitiva, contamos con el interés y las ganas de llegar hasta ella, seguramente culminaremos la carrera rompiendo récord.
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Ser “especial”
Por Lillian E. Agosto Maldonado
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Desde siempre, he escuchado y pronunciado frases como: “eres especial”, “eres único”, “eres excelente”. Quizás, nunca pensé que tan comunes conjuntos de palabras implicarían tanto en mi diario vivir.
Hace unos días presencié, tanto física como mediáticamente, los esperados II Juegos Latinoamericanos de Olimpiadas Especiales 2010, celebrados en el pueblo de San Juan, en Puerto Rico. En un principio, se convirtió en un momento lindo, que me llenó de mucho orgullo y formó parte de mis conversaciones diarias. Con el pasar de la semana, se transformó en una intensa reflexión de lo que implicaba el ser “especial”.
Aquí, ser “especial”, significa mucho más que distinguirse y ser único. Se trata de ser valiente, demostrar fuerza, talento y dedicación por lo que te apasiona. Ser “especial” no implica diferencias que reduzcan o disminuyan las capacidades de unos y de otros; al contrario, es colocarlos en un lugar alto, el cual todos podamos ver y notar lo ejemplares que pueden ser estas personas para nosotros. Ser “especial” cambia por completo el concepto de un término cotidiano y lo ubica en un tiempo y espacio dignos. Es un adjetivo que certifica lo único, pero que también resalta lo espectacular y particular de una persona.
En el caso de los II Juegos Latinoamericanos, niños con “impedimentos físicos”, demostraron que podían ser algo más que “especiales”. Fue una muestra de esmero y pasión por lo que se hace. Fue enseñar la capacidad de valorar algo con todas tus fuerzas y publicarle al mundo cómo lo haces tuyo.
¡Cuánto deberíamos aprender de ustedes, compañeros! No sólo a superar cualquier barrera que se les imponga en el camino, no sólo a ser más agradecidos por lo que se tiene, sino a vivir enamorados de una actividad y dar el todo por el todo por ella. Se trata de algo más que practicar un deporte, se trata de hacerlo bien y llevar la bandera de tu patria sobre tus hombros.
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Don
Por Lillian E. Agosto Maldonado
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Según la Real Academia Española, un don es una dádiva, un presente; “es una gracia especial o habilidad para hacer algo”. Y es que no cualquiera tiene un regalo de este tipo. Algunos cuentan con el privilegio de pintar cuadros bellos, otros se expresan escribiendo poemas e incluso los cantan. Hay personas que cuentan con el don musical y cada instrumento que tienen a su alcance pueden hacerlo suyo con tan sólo unos acordes. Otros demuestran su don deportivo a diario y deleitan a los fanáticos de este campo con sus jugadas. La realidad es que todos los días conocemos o compartimos con personas que cuentan con un don en particular. Muchos de éstos lo aprovechan en gran manera, lo utilizan como parte de su vida cotidiana o incluso, lo convierten en su profesión.
Muchas veces nos preguntamos, ¿cuál será ese don con el que contamos? ¿Tendremos un don tan espectacular que asombre a todos los que nos rodean? ¿Contaremos con ese “regalo” tan especial? Seguramente, sí, aunque no lo sepamos. Una intensa búsqueda en nuestro interior puede hacernos ver qué hay en nosotros que nos haga diferentes, especiales… únicos. No es cuestión de ganarnos un premio como cantantes del año o vender millones de ejemplares de nuestro primer libro, sólo se trata de descubrir ese don con el que contamos y usarlo para bien en la sociedad.
Todos tenemos algo que nos identifique y podemos aplicarlo a la sociedad de una manera positiva. Está en cada uno de nosotros explorarlo y manifestarlo de tal manera que beneficie a otros. Si sabe escribir, utilícelo como herramienta que aporte a la ciudadanía, sea responsable con lo que escribe y aproveche esa permanencia de lo escrito con buenas intenciones. Si su talento es la música, permítanos viajar con ese don y transportarnos a momentos felices y llenos de paz en nuestras vidas. Si el deporte es lo suyo, llénenos de orgullo cada vez que demuestre sus virtudes en el campo de juego.
No deje de buscar ese sello que lo haga especial y compártalo con otros. Comparta su alegría, sus buenas intenciones, su dinamismo. Después de todo, es un regalo, es un don.
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La llamada de “Wilfred”
Por Lillian E. Agosto Maldonado
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Hace unos días recibí una llamada fuera de lo normal. Un hombre, que al parecer no tenía nada que hacer, decidió marcar mi número de teléfono y decirme que “tenía problemas con mi familia”. Últimamente, he visto cómo los medios reportan casos de personas que llaman para amenazar y pedir dinero a cambio de familiares. El tal “Wilfred”, como se identificó, parecía ser uno de ellos. Rápidamente, terminé la llamada y decidí saber el estado de mis familiares y amigos cercanos.
“¿Tú estás con mami?”, le pregunté a mi padre con un tono de voz distinto al que suelo tener. “Sí, ¿qué pasó?”, me dijo. Después de explicarle la situación, me aseguró que todo estaba bien y llamó a mis abuelos para que también tuviéramos la certeza de que no había pasado nada. Decidí llamar a mi hermano y a algunas amistades para sentirme completamente segura de que “Wilfred” no tenía razón.
A veces me pregunto en qué piensan las personas cuando se les ocurre hacer una cosa como ésta. ¿Tendrá “Wilfred” familia? ¿Le habrán jugado la broma alguna vez? ¿Será que no tiene nada que hacer con su vida? ¿Qué pasará por su mente cuando va marcando el número de teléfono de su próxima víctima?
La sociedad en general vive momentos difíciles y hemos llegado al punto de arruinarles la paz a otros por cualquier cosa. “Wilfred” quizás tomó acción en un momento de desesperación y, en definitiva, no pensó en las consecuencias que estos actos tendrían para él ni para los demás.
A diario se viven instantes tan inquietante como éstos, en los que, sin medir el efecto de una decisión, se actúa. Tiempo después nos percatamos de que lo que hicimos en algún momento no fue lo mejor, pudo haber sido de otra forma o simplemente, no debió hacerse.
Espero de todo corazón que personas como “Wilfred” consigan en qué emplear su tiempo de una manera más productiva y menos dañina. Que al momento de volver a hacer una llamada, marquen el número de su conciencia y no lo encuentren ocupado.
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La espera
Por Lillian E. Agosto Maldonado
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“Espera que desespera…
¿Por qué no te quedaste en casa?
Déjame respirar sin pena.
Déjame ver qué pasa…”
Hace unos días regresé a una de mis pasiones: escribir poesía. Como le explicaba a una amiga hace poco, los versos y yo estamos saliendo otra vez. Las experiencias de mi diario vivir están haciendo que escriba hasta en una salita de espera. La estrofa que dio inicio a este comentario lo escribí esperando a ser atendida en una de esas salas. Sinceramente, me estaba inspirando en todo el tiempo que tuve que esperar para ser atendida, pero la vida me tenía otras sorpresas.
Aproveché ese tiempo para observar todo lo que tenía alrededor con detenimiento. Desde los asientos donde estaba ubicada hasta los papeles que había en la mesa de centro, el cuadro que adornaba la pared y las personas que entraban y salían de aquel lugar. Descubrí más de lo que imaginaba y sobre todo, me di cuenta de cuántas cosas nos perdemos en la vida.
Ese escrito me hizo pensar en la ansiedad que vivimos a diario por conseguir algo, la prisa que nos vuelve locos y nos hace olvidar los mejores momentos. ¿Cuántas veces hemos dejado pasar momentos únicos por la prisa? ¿Cuántos malos ratos hemos vivido por estar en el ajetreo diario? ¿Qué nos hemos perdido por dejarnos llevar por los “ajoros”?
Mil cosas pasan por nuestros ojos a diario y pocas veces las percibimos. Esa “espera que nos desespera”, nos hace olvidar que pasamos por un camino lleno de experiencias únicas. Nos enfocamos en el tiempo, -cuán poco tenemos, cuánto necesitamos- y olvidamos lo primordial, que muchas veces es lo más simple. Es momento de ver las pequeñas cosas que pasamos desapercibidas y darle la importancia que se merecen, pero que nunca le hemos dado.
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Las letras pequeñas
Por Lillian E. Agosto Maldonado
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Los gastos navideños dejaron más que deudas y bolsillos vacíos. Muchos “clientes” pasamos por las tiendas y nos llevamos más que un aparato electrónico y los juguetes de los primitos. Muchos nos llevamos malos ratos y no precisamente de esos que se olvidan a los 15 minutos.
“Es que eso lo dice en las letras pequeñas, esas que nadie lee”, me comentó una empleada de una conocida tienda de aparatos electrónicos justo al momento de reclamarle una tarjeta de memoria “gratis” que recibiría con la compra de una cámara digital. A fin de cuentas, después de recibir un trato completamente irracional y desconsiderado, “el cliente tenía razón”. La tarjeta de memoria sí era parte de “la oferta”. ¿Qué necesidad, si alguna, tiene un empleado de tratar a un cliente así? ¿Acaso sus habichuelas no son producto de mis compras? Quizás sí pude terminar con el proceso de compra de manera exitosa, pero no me fui satisfecha. El trato que recibe un cliente es fundamental para tenerlo de vuelta en la tienda, ¿sencillo, no?
En definitiva, un cliente no merece un insulto de ésa forma. Si trabajar en una tienda por más de un año me ha enseñado algo, es a respetar a las personas sin importar las diferencias que existan y eso es un valor lógico y hasta obvio que cualquier ser humano debe tener. En una ocasión me dirigí a las personas que con caras de pocos amigos restaban la paz de los que les rodeaban en cualquier centro comercial.
Esta vez me dirijo a quienes están supuestos a laborar diariamente con público. Esto es un llamado al respeto por los demás. Sí, el cliente puede cansarte, ponerte histérico y hasta “sacarte por el techo”, pero faltarle el respeto no es la mejor manera para atender la situación.
Sólo espero que nos respetemos como personas, sin importar si es una tienda, un parque o la playa. Sólo espero que haya sentido común al tratar a los demás. Sólo espero que para la próxima ocasión pueda leer las letras pequeñas y predecir el trato que recibiré en uno de estos comercios.
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Desde Cuba: Tamara
Por Lillian E. Agosto Maldonado
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Va caminando desorientada por las calles de La Habana Vieja con un niño tomado de la mano, tiene el pelo oscuro y también, su piel. Su mirada es profunda y la dirige hacia mí; el niño me da un beso y ella me pide que lo ayude. Ella es Tamara. Una madre que buscaba bienestar para su hijo y que con un abrazo y un beso intentaba pagar lo que le diéramos. “¿No tienen un bolígrafo o algún jabón que me puedan dar? No es para mí, es para mi hijo”, nos decía.
Esta escena fue repetitiva en mi caminar por La Habana Vieja. No sólo Tamara, sino varias personas se me acercaban y pedían algo tan simple como una pasta de dientes o un jabón para bañarse. Como dijo una de mis compañeras en el viaje: “no pasan hambre, pero necesitan”.
Estas escenas me hicieron repensar el valor que le damos a las cosas en Puerto Rico; cómo algo tan sencillo para nosotros es tan necesario y quizás, ni lo valoramos. Detalles tan pequeños como tener con qué lavarse los dientes cada mañana o una libreta y un bolígrafo con el que puedas escribir en tu escuela o universidad, son parte de nuestra cotidianidad y casi nunca pensamos en el valor que tienen. Ni se hable de la comunicación ni de los privilegios y lujos que tenemos, con celulares con ofertas ilimitadas y el acceso al Internet desde casi todos los rincones de Puerto Rico.
A través de esta experiencia repensé las constantes quejas que escucho al caminar por las calles de mi Puerto Rico. “¡Ay ahora tengo que escribir un ensayo!”, “¡Qué porquería de shampoo!”, “¡El Internet está bien lento!” En definitiva, no hemos pasado el trabajo de vivir pasando carencias. Al menos tenemos con qué escribir, lavarnos el pelo y comunicarnos, por más porquería y lento que sean. No es cuestión de quién tiene o no, es cuestión de valorar lo que se tiene y aprender a compartirlo con los demás. Es un acto de hermandad, un apretón de manos.
Somos un pueblo que ante las crisis, nos levantamos; ante las catástrofes, nos ayudamos; y, ante la incertidumbre, nos apoyamos. Seamos agradecidos con la vida, compartamos nuestros privilegios y hagamos de los momentos de otros, unos igualmente agradables y dichosos.
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Desde Cuba: Amor por la patria
Por Lillian E. Agosto Maldonado
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Estaba en un teatro a punto de disfrutar de un espectáculo de danza afrocubana y su evolución en el transcurso de la historia de este país. Justo en ese momento, me dediqué a observar a mi alrededor la gran cantidad de personas que presenciarían el evento conmigo. Había personas de todos los tamaños, gustos y colores dispuestos a sentarse un par de horas y disfrutar de una obra de teatro. Sus rostros reflejaban emoción por lo que estaban a punto de ver.
En uno de los muchos museos que visité, observé una exposición fotográfica presentada por un par de estudiantes de La Habana. La exposición fue apoyada por el museo que visité y como tema principal tenía la vida en Cuba mediante diversas facetas. No fui la única que pude apreciarla. Varios la observaban y la empleada que nos guió en el museo, destacó: “tenían que venir ayer que estaban expuestas las pinturas de los estudiantes de la Escuela de Arte”.
Una de las noches que pasé en Cuba vi cómo un grupo de personas se reunía a bailar en grupos. No solamente compartían con otras personas, sino que también disfrutaban de algo tan bello como su música. Se les veía felices y llenos de entusiasmo. Celebraban algo más que su música, celebraban su cultura.
Así también las personas disfrutaban de su cultura a través de su teatro y su historia. Ese afán por su cultura y ese conocimiento de su historia me hicieron repensar en la forma en que nosotros apoyamos las actividades de índole cultural en Puerto Rico. Una buena obra de teatro, un concierto o un festival de pueblo, son sólo algunos de los eventos de los cuales podemos disfrutar en Puerto Rico. En muchas ocasiones, sus propósitos culturales se tergiversan y solamente sirven como punto de encuentro y sin un fin que implique pasión por lo nuestro.
Quisiera que sintiéramos esa pasión por lo que nos pertenece, esa emoción al asistir al teatro y ver a nuestros artistas en escena, esa identificación y apreciación por el arte en museos y el único fervor que provoca un sabroso ritmo como el de la bomba y la plena.
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Desde Cuba: Sonrisas en La Habana
Por Lillian E. Agosto Maldonado
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Robert Baden-Powell, fundador del Movimiento Scout Mundial, dijo en una ocasión: “la mejor forma de vencer las dificultades es atacándolas con una magnífica sonrisa”. Al parecer Baden-Powell había estado en Cuba unos días antes de escribir este conocido dicho.
Sin duda alguna, algo que llama la atención de todos los que visitan el país de Cuba es su gente. Cuba es hermosa por sus paisajes, sus edificios históricos, su comida y su música, pero su gente es su esencia. Los cubanos son hospitalarios, conversadores y, sobre todo, son alegres. Ante cualquier situación por más buena o mala que sea, sonríen, hacen chistes y hasta bromean entre ellos. A pesar de su historial político, los cubanos derrochan alegría por doquier, sin importar las vicisitudes que enfrenten en sus vidas.
Hablo de su alegría, pero también hay que mencionar su espíritu de perseverancia y fuerza. Conocí varios cubanos que daban el todo por el todo por sus familias. Una escena que nunca olvidaré fue el poder ver a una madre estudiando con su hija en la mesa de comedor de su casa. Ver cómo la niña iba aprendiendo gracias a los libros y a la incondicional ayuda de su madre, fue estupendo. No lo encuentro increíble, más bien lo veo como una herramienta esperanzadora y que lamentablemente está perdiéndose con el pasar de los años. Es un acto que no sólo fortalece los lazos familiares, sino que también educa.
Una vez escuché a un amigo decir “sonreír ante la adversidad es de valientes”. Si es así, pues tuve el privilegio de conocer hombres y mujeres valientes que sonríen ante los retos que tienen en la vida y que comparten esa alegría con los demás. Conocí hombres y mujeres que contagian al que les visita con su risa y que demuestran su espíritu de perseverancia, esperanza y paz cada día.
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Desde Cuba: Las dos alas
Por Lillian E. Agosto Maldonado
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“¿Son de España?; ¿De Brasil?”, nos gritaban. “No, somos de Puerto Rico”, contestábamos. “¡Ahh! Puerto Rico y Cuba son de un pájaro las dos alas”, decían haciendo eco a las palabras que Lola Rodríguez de Tió escribió en uno de sus poemas. Un rostro sonriente que reflejaba felicidad, era percibido por todos cuando mencionábamos el nombre de nuestro País. El gesto era parecido al que cualquier persona hace cuando recibe una buena noticia, podía verlo en sus ojos y en sus sonrisas. Después, nos abrazaban y preguntaban por Olga Tañón.
“Le decimos la Cañón porque esa mujer sí que nos puso a gozar”, añadían refiriéndose a la participación de la merenguera en el Concierto Paz Sin Fronteras, celebrado en La Habana por un grupo de artistas dirigidos por Juanes el pasado mes de septiembre. “Son muy pocos los boricuas que nos visitan, tú sabes por lo del bloqueo… una pena, tú sabes que nosotros somos como hermanos…”, escuchamos.
Dentro de todas las cosas que pude observar en mi estadía en Cuba, el compañerismo la hermandad entre los cubanos y los puertorriqueños fue uno de los elementos que más llamó la atención. Nuestra condición política e histórica que nos unió desde un principio, el hecho de pisar suelo cubano y sentirme como en casa; fue una experiencia extraordinaria.
Escuché muchísimas veces a las personas decir que de un pájaro somos las dos alas. Esas dos alas que no solo comparten un historial político, sino que comparten; cultura, sentimiento, pasión por lo que viven allí.
También, compartimos lo bueno y lo malo, los beneficios y las necesidades, lo accesible y lo prohibido.
¡Qué lindo es poder sentir dos naciones que se quieren y extrañan una a la otra! ¡Qué lindo es ver cómo un pueblo como Cuba disfruta de nuestros talentos y comparte esas experiencias con quienes los visitan!; ¡Qué bueno es saber que a pesar de los distanciamientos políticos y sociales que puedan existir, impera el espíritu de hermandad y compañerismo!; ¡Que siempre seamos de ese pájaro las dos alas y que el mensaje de paz y solidaridad esté presente en nuestro vuelo!
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Caras de pocos amigos
Por Lillian E. Agosto Maldonado
Una señora estaba comprando algunos artículos en una tienda de un conocido centro comercial y yo estaba justo detrás de ella esperando a ser atendida por el cajero. El establecimiento estaba lleno y la gente estaba desesperada por salir del lugar. El cajero se dirigió a la señora y le dijo: “¿Eso es todo?”, con el propósito de dar por finalizada la compra. La señora, con una cara de pocos amigos, le dijo: “Sí, ¿qué esperas para terminar de cobrarme?”.
Es triste decirlo, pero no es la primera vez que me doy con esta situación. Las personas están caminando por la vida con una expresión de enojo casi todo el tiempo. Sin motivo alguno, responden de mala forma, se inquietan o descargan su ira con el primero que tengan en frente. Situaciones como éstas no deben darse. Un cajero no tiene la culpa de lo que le sucede a un cliente, en cuestiones personales. No se trata de estar con una sonrisa plástica, pero sí de demostrar respeto y consideración con el que le rodea.
Personas que viven con ese enojo constante restan la paz a los demás, quitan energías y hasta “enoja que estén enojados”. Es un asunto sencillo de describir y percibir, pero difícil de entender y atender. Hay ocasiones en que ni sabes cómo lidiar con ellos, cómo hacerles caer en cuenta que sus rostros no inspiran nada positivo, mas bien, irradian, lo que llaman por ahí, malas vibras.
¿Cómo debemos reaccionar a estas caras de pocos amigos?; ¿Debemos ignorarlos?; ¿Debemos decirle algo a estas personas?; ¿Debemos mirarlos igual? O simplemente, ¿debemos sonreír y demostrarle lo lindo y productivo que puede ser una sonrisa?
Es momento de contrarrestar las caras de enojo y desazón con sonrisas entusiastas y llenas de un espíritu genuino y gratificante. Regálele una sonrisa a su vecino; sea amable, agradecido y, sobre todo, considerado. ¡Es hora de sonreírle a la vida y dejar esas caras de pocos amigos a un lado!
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Ricos y pobres
Por Lillian E. Agosto Maldonado
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Me pregunto si alguien ha buscado la supuesta olla con monedas de oro que hay al final de cada arcoíris. Alguien que de verdad quiera conseguir esas monedas de oro ya sea para conservarlas o para comprarse algo que siempre ha deseado. Es como pensar en la intensa búsqueda de los tesoros a manos de los piratas. Siguiendo el camino trazado en el mapa, ellos hacían lo imposible por tal de encontrar lo que tanto anhelaban.
Esa búsqueda de una ganancia monetaria en muchas ocasiones se convierte en algo más, un fenómeno adictivo, un afán por la riqueza que desespera, enferma y engaña. Mucho se dice de los ricos y los pobres, pero ¿quién define lo que es riqueza y lo que es pobreza? En mi caso, no cuento con los millones de dólares de cualquier famoso “hollywoodense”, ni tampoco tengo los costosos automóviles que los llevan y traen. Muchos carecemos de estos lujos, pero no de riqueza. Una riqueza que trasciende lo material y se transforma en algo mucho más significativo. Así también, muchos piensan la pobreza como algo que no se tiene. Es como no tener dinero, no tener casas, no tener la ropa que esté de moda en ese momento. Otros la piensan como una pobreza emocional, como vivir triste o enojado siempre.
La riqueza verdadera debe estar en cada uno de nosotros. Demostrar una sonrisa ante la adversidad, te convierte en un ser rico. Pensar en ti, pero también en los demás, te hace rico. Aportar a la solución y no al problema, también te hace rico. La pobreza real puede interpretarse de muchas formas, pero principalmente como la carencia de algo. Ser pobres en cuestiones de compañerismo, respeto y honestidad, por ejemplo.
Ricos y pobres, así debemos ser. Pobres en pesimismo, envidia y malos tratos. Ricos en amor, conocimiento, solidaridad y optimismo. ¿Quién define lo que es riqueza y lo que es pobreza? Tú lo defines, con tus acciones, con tu ejemplo y con tus expresiones. A veces es mejor no conducir el carro último modelo, pero sí andar a pie y feliz
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Hermanos
Por Lillian E. Agosto Maldonado
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Hace más de dos décadas llegué a la vida de mi hermano. A su corta edad, seguramente él ni entendía qué hacía en su vida y yo, mucho menos.
Desde pequeños, tuvimos una relación increíble. Él me protegía, se reía de mis chistes malos y hasta era mi entrevistado. Casábamos a las muñecas “Barbie” con los “Ninja Turtles” y hasta con “He-Man”. Éramos compinches inseparables, llenos de entusiasmo por la vida y por nuestras metas.
Si hay algo verdaderamente hermoso es poder mirar hacia atrás mediante fotos, y ver cómo jugábamos, cómo nos queríamos y qué bien la pasábamos. Ahora, sin “Barbie”, ni “He-Man”, igualmente disfrutamos de una linda amistad. Somos amigos de toda la vida, literalmente, y no nos cansamos de molestarnos y escucharnos el uno al otro. Disfrutamos del cine, compartimos opiniones y hasta nos ponemos de acuerdo para pedir los regalos de Navidad. En fin, nuestra amistad ha trascendido el tiempo y todos los cambios que nos ha dado la vida.
Llevarse bien con un hermano no es cosa sencilla, pero tampoco es imposible. No es algo difícil, pero tampoco es fácil. Es algo que conlleva dedicación y aprecio a ese ser tan importante. Es una tarea que debemos hacer todos los que contamos con ese ser que mami nos regaló o con esa persona que adoptamos en el transcurso de nuestras vidas y al que llamamos “hermano”.
Si por algo tengo que agradecerle a la vida, es por haberme dado un hermano, pero no uno cualquiera. Es un amigo a quien confiarle un secreto o contarle cualquier situación. Es un amigo con quien divertirme y pasarla bien.
Hoy cumple otro año de vida y no hay algo que nos haga más felices que celebrarlo juntos. No sólo celebramos su vida, celebramos nuestros logros, celebramos nuestra amistad, celebramos nuestra hermandad.
Muy bien lo dijeron los hermanos del dúo Pimpinela: “Hermanos, en lo bueno y en lo malo, siempre unidos, siempre a mano, sin pedirnos nada a cambio… Hermanos, en lo dulce y en lo amargo, aprendimos a escucharnos, y a entendernos sin mirarnos… Y hoy estamos juntos y nada de aquello ha cambiado, por el mismo rumbo, luchando por lo que amamos”.
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¡El tapón de la vida!
Por Lillian E. Agosto Maldonado
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A diario participo en diversos escenarios. Estudio, trabajo, estoy en mi casa y conduzco mi carro en el tapón. Veo cómo las personas se maquillan, desayunan, se arreglan las uñas, leen, ríen, lloran, hablan por teléfono, envían mensajes de texto, intentan tranquilizar a sus hijos, se quedan dormidos; en fin, percibo de todo, en lo que puede ser la hora más trágica e inútil de mi día. Recientemente, experimenté una de esas congestiones de tránsito que sobrepasan todo lo que has vivido al guiar por varios años en Puerto Rico. Lo denominé “el tapón de la vida”.
Después de esperar, escuchar música, hablar por teléfono y mirarme en el espejo varias veces, llegué al origen del tapón. Esperaba ver un accidente de autos, algún poste derribado o simplemente un carril cerrado por alguna típica construcción. Me equivoqué. El tapón surgió porque a una señora se le vació una goma y tuvo que cambiarla en el carril del paseo. Nosotros, los espectadores, pasábamos por el lado de la señora y “sin querer queriendo” apretábamos el pedal de freno… sólo para ver cómo ella esperaba a alguien que le ayudara a cambiar su goma. ¿Interesante, no?
¿Cuántas veces pasamos por el lado de alguien que nos necesita, no tiene que ser una señora que se le vació una goma, y lo obviamos? ¿Cuántas veces ha percibido una escena de maltrato a un menor y no se ha detenido a ayudar o no lo ha reportado? ¿Cuántas veces ha visto a una madre o un padre desesperados porque no tienen con qué pagar la compra y no le ha dado aunque sea un dólar? ¿Cuántas veces nos debemos detener realmente y provocar un “tapón de la vida”, pero en vez de hacerlo para observar, hacerlo para actuar?
El tapón de nuestras vidas no debe ser únicamente para mirar, sino que también debemos actuar. Si alguien necesita ayuda, bríndesela. Después de todo, es mejor dar que recibir y no hay mejor gratificación que ver cómo ayudar a una persona puede hacerle el día. Del mismo modo, si recibe ayuda, no olvide ser agradecido o al menos regalarle una sonrisa al que le dio la mano. No hay algo más desagradable que una persona que no diga “gracias”.
Yo sé que no dejaré de experimentar los “tapones de la vida”, pero sí sé que puedo pasar por ellos con un mejor propósito y tomando una acción positiva y solidaria.
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El arte de escuchar
Por Lillian E. Agosto Maldonado
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A veces me pregunto por qué la gente contesta llamadas telefónicas cuando está hablando cara a cara con alguien… ya hasta en las oficinas hay letreros que dicen: “No conteste el celular mientras se le atiende”. Al parecer, ser polifacéticos en las conversaciones no está dando buenos resultados. Es más o menos lo mismo que dejar en espera a alguien en el transcurso de una llamada telefónica y conversar con un amigo que te encontraste en la calle.
Comienzo a pensar en este tipo de situaciones y me inquieta saber que no sabemos escuchar a las personas. No únicamente que preguntemos “¿Qué?” a cada rato, sino también que obviemos lo que nos dice la gente y no tengamos ese don de saber escuchar a los demás. Del mismo modo, me preocupa saber que no valoremos lo que nos dicen los demás y que lo pasemos por alto para contestar el teléfono.
En situaciones tan difíciles como las que vivimos en estos días en Puerto Rico, escucharse todos debe ser esencial. Y que conste que no dije oírse, sino escucharse, atender a lo que dice el otro, comprenderlo. Cuando escuchamos, prestamos atención a lo que se dice; cuando oímos, percibimos con el oído los sonidos. Entonces, analizar qué estamos haciendo cuando una persona nos habla es nuestra tarea.
Es en momentos como éste; que necesitamos escuchar el sentir del otro y demostrarle importancia. Escuchar quizás no sea la resolución de una crisis o el punto final a las masacres, pero sí puede ser el inicio de una conversación solidaria y alentadora. ¿Escuchaste?
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“Ellos” y “nosotros”
Por Lillian E. Agosto Maldonado
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Todavía recuerdo con tristeza cuando uno de mis compañeros de clase le dijo al profesor, que venía en su silla de ruedas por una condición que tenía en sus piernas, “Ser impedido debe ser bueno porque consigues estacionamiento rápido”. Nunca en nuestra clase se había percibido un silencio tan intenso como aquél día. El resto de los compañeros desaprobaron rápidamente las palabras del estudiante. Los ojos de mi profesor mostraban su incredulidad al escuchar tan insolente comentario. Lo miró fijamente y le respondió: “Ya quisiera yo tener tus piernas buenas y saludables para correr desde el estacionamiento hasta aquí”.
Ser testigo de momentos como éste son los que llevan a pensar a cualquiera en la importancia del respeto hacia los demás, en este caso, a las personas con impedimentos. No importa su condición; clase social, género, creencia religiosa o política, lo que realmente prevalece es el cuidado con que se trate a las personas, el respeto que se les dé y la consideración con que se les trate.
Del mismo modo, este ideal de igualdad, respeto y consideración por los demás debe empezar desde la crianza en cada hogar. Muchas de las conductas descorteses y desconsideradas surgen como imitación a un modelo implantado por figuras superiores. Los padres deben mostrar como ejemplo lo que quieren que sus hijos logren en el futuro.
Asimismo, debe verse a las personas con impedimentos como ejemplo de superación y valentía. Muchas veces “nosotros” con toda la salud que pueda tener un ser humano, padecemos del mal de la vagancia o el desánimo. Sin embargo, “ellos”, en ocasiones sin extremidades, con parálisis, ciegos o mudos; tienen dos trabajos y están estudiando para superarse. En esta misma línea de pensamiento, hay que resaltar su gran sentido del humor y optimismo, del cual carecemos a cada rato.
Finalmente, la atención y la responsabilidad que proyectemos en las relaciones que tengamos unos con otros, serán la clave para desarrollarlas de una manera amena y saludable. Las personas con impedimentos son parte de esas relaciones interpersonales, son parte de la sociedad. Por lo tanto, deben ser tratadas de manera respetuosa y con cortesía. Esta acción debe darse no por el hecho de que sean personas con impedimentos, sino porque son seres humanos tanto “ellos” como “nosotros”.
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“Amare” es “amar”
Por Lillian E. Agosto Maldonado
Ayer disfruté como nunca mi clase de lingüística hispánica. La profesora comenzó a darnos las reglas básicas de los cambios en las palabras del latín para convertirlas al español. Una de ellas fue “amare”, que en español es “amar”. Era casi un jueguito de combinaciones y reglas que nos permitían descubrir una palabra, así como un pirata descubre un tesoro. ¡Qué lindo es conocer de dónde vienen las palabras que utilizamos en la actualidad!
Ese agradable sentimiento que experimenté al descubrir el origen de una palabra, me hizo repensar el cuidado que le damos a la lengua española en Puerto Rico. Cuidar el idioma debe ser algo de suma importancia en nuestro diario vivir, pues además de ser una forma de expresión, es un mecanismo que inmortaliza. Leí una vez que “más vale una buena escritura que una mala memoria”. Todo escrito que dejemos en vida, se convertirá en una huella plasmada en la historia de un pueblo. Es la manera de presentar lo que pasó a futuras generaciones, de permitirles conocer qué sucesos ocurrían anteriormente. Me encanta la idea de leer periódicos y textos de hace varias décadas y analizarlos, entenderlos, contextualizarlos.
Ese cuidado debería fundamentarse, no únicamente en el pueblo, sino también en las autoridades que rigen este País y que recientemente atacaron a los escritores de Puerto Rico con la peor arma que existe. La censura está queriendo aparecerse y echar a un lado no sólo la literatura latinoamericana, sino también su cultura y con ésta sus problemas sociales, políticos y económicos.
La esencia de la historia de nuestro pueblo está en los libros. Gracias a ellos nos formamos como profesionales en un área, conocemos de un tema en particular y hasta enriquecemos nuestro vocabulario. A través de un libro podemos viajar al otro lado del mundo con tan sólo leer una página. Podemos entender las diversas realidades que se viven, no solamente aquí, sino en el resto del planeta. La importancia de un libro para una nación debe ir más allá de conflictos partidistas. Se trata de la educación de un grupo de niños y jóvenes que serán el futuro de Puerto Rico.
La educación es ese tesoro que tenemos que descubrir, esa palabra que nos hace repensar, esa voz que no se debe callar.
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Legado
Por Lillian E. Agosto Maldonado
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Mi mente estaba ocupada en mil cosas. Y entonces, la profesora apagó la luz y encendió el televisor. Un visual antiguo que mostraba señales de “estar en las últimas”, apareció en la pantalla. Era un documental que presentaba la historia de uno de los íconos de nuestra cultura. No hablábamos de Daddy Yankee, ni de Don Omar. Era la vida y obra de Ismael “Maelo” Rivera.
Una mirada a los familiares, amigos y colegas del “Sonero mayor”, presentaban los logros alcanzados por el conocido cantante. Éxitos como: “El negro bembón” y “Quítate de la vía Perico“, fueron coreados por los estudiantes en el salón de clases. Era cuestión de concentrarse un poco para escuchar las voces de los compañeros y sentir el zapateo de sus pies, intentando bailar en clave sin siquiera levantarse de sus respectivos pupitres. Fue muy emocionante ver al Maelo que conozco, el de la barba larga y el pelo canoso, transformado en un joven cantante con etiqueta y zapatos de charol. Fue disfrutar de su magia en cada coreografía, sentirlo vivo.
Esa sensación de vida, esa relevancia, ese legado que dejan figuras tan significativas como Maelo es uno indiscutible, es algo que repercute en la historia de un pueblo sin límite alguno. Su origen, la letra de sus canciones, el sentimiento que manifestaba a través de ellas y hasta los movimientos que hacía al bailar en el pasado, forman parte de nuestra actualidad y serán tema de conversaciones en el futuro. Generaciones actuales vivimos su música a través de la historia que nos narran nuestros padres y abuelos.
¿Seremos observados en You Tube en el futuro? ¿Nos recordarán dos décadas después de nuestras muertes? ¿Trascenderemos barreras políticas, sociales y étnicas con tan sólo una canción? No lo sabemos en este momento. La oportunidad está en nuestras manos. Es en este momento en el que debemos demostrar nuestro potencial al mundo y hacer sentir orgullosos a los nuestros. ¡Quién diría que 50 minutos viendo un documental me harían reflexionar sobre la vida y las maravillas que podemos hacer en el transcurso de ella!
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Vestidos y alborotados
Por Lillian E. Agosto Maldonado
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No existen mejores palabras para describir cómo nos ha dejado el supuesto paso por Puerto Rico de la tormenta-depresión tropical, Érika. La visita de mentiritas que nos hizo el fenómeno atmosférico dejó a todos con las ganas de reunirse a jugar dominó, comer salchichas y formar el rumbón en la urbanización para cocinar en un BBQ todas las carnes que “se iban a dañar”.
“Tenga, vecino, un poquito de hielo pa’ que enfríe la leche de la nena”, “Cualquier cosita, no olvide que estamos aquí al la’o”, “Pues si pa’ eso son los vecinos, ¿verdad?”… Frases como ésas son típicas ante el panorama tan inestable y difícil de un huracán o una tormenta. Sin embargo, son las más reconfortantes y comunes durante el paso de estos fenómenos.
Es curioso ver como un evento que puede llegar a ser tan catastrófico, puede provocar tantas alegrías. Los niños sin clases, los vecinos celebrando y hasta ayudándose, unos a los otros en cuanto mínimo desastre exista. Parece mentira que tengamos que esperar a que nos pase algo tan lamentable para llegar a compartir con los que nos rodean.
En ocasiones me pregunto, si tuviésemos huracanes todos los años, ¿tendríamos ese buen comportamiento siempre?, ¿nos ayudaríamos los unos a los otros?, ¿nos uniríamos sin importar si uno es de la “palma” y el otro de la “pava”? No quisiera llegar a comprobar esto. No quisiera que tuviéramos estos desastres anualmente. Lo que sí quisiera que tuviéramos todos los días es ese sentir de compañerismo, unidad y compromiso con los demás. Que ninguna tormenta ni fenómeno atmosférico nos tenga que unir, que nazca en cada uno de nosotros el convertir a Puerto Rico en una gran familia.
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Cultura contacto
Por Lillian E. Agosto Maldonado
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¿Todavía se lava sus manos cada dos horas con agua y con jabón?, ¿anda con el hand sanitizer pa’arriba y pa’abajo?, ¿ha visto personas con mascarillas últimamente? o, ¿ha bajado la guardia?
Ya sabe de lo que hablo. El mal de la gripe porcina que nos tuvo sin disfrutar la mitad del verano, ya es cosa del pasado. Evelyn Vázquez, las renuncias y los motines universitarios se convirtieron en la prioridad y ya todo el mundo se besa y se abraza otra vez… such is life!
No podemos negarlo, somos la cultura contacto. Para hablarnos tenemos que tocarnos. Nos sentimos mal si no nos saludamos los unos a los otros, un abrazo que no damos, es un problema que nos buscamos.
Son muchas las ocasiones en que bajamos la guardia. Rompemos la dieta, olvidamos esa resolución de año nuevo o simplemente, decidimos no continuar con algo que llevamos como meta principal desde hace mucho tiempo.
Costumbres como éstas son parte del día a día del lamento borincano. Vivimos en la tristeza de lo que no hicimos, sin pensar en la oportunidad. Esa alternativa que surge sin que nos demos cuenta, sin que lo pensemos. Es el momento en que debes aprovechar al máximo toda oportunidad, a las cuales debes ponerle todo tu empeño y dedicación. Este es el momento de pensar en esas metas inconclusas, en las oportunidades desperdiciadas y sobre todo, no bajar la guardia. Ahora es que tenemos que demostrar nuestro talento y persistencia en lo que hacemos. ¡A lavarse las manos y nunca bajemos la guardia!
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La medalla de plata
Por Lillian E. Agosto Maldonado
Versión original
“¡Culson! ¡Culson! ¡Culson!” Ese fue mi “status” de Facebook el pasado martes al enterarme que Javier Culson se convirtió en el primer puertorriqueño en llegar a una final mundial de atletismo y obtener una medalla de plata. Junto a otros amigos celebraba cibernéticamente, el triunfo de este ponceño, que puso la monoestrellada a brillar en Alemania.
El orgullo se sentía por las redes sociales, las noticias de la tarde, la radio y el periódico en línea: Culson fue el tema del día. Sin duda alguna, a los boricuas se nos hinchó el corazón (más de lo normal) al escuchar y compartir una noticia tan importante para nuestro País.
Lejos de la fiebre porcina, el huracán, la tormenta, la crisis económica y los crímenes, esta experiencia nos dio un rayito de esperanza ante nuestro intenso panorama diario. Somos muchos los que nos preguntamos: ¿por qué seguimos escuchando estas noticias tan dolorosas? ¿Por qué la tasa de criminalidad está por las nubes? ¿Por qué en un “wikén” asesinan a 15 personas en nuestra islita?
Yo no sé ustedes, pero yo quiero que Puerto Rico siga siendo la Isla del Encanto, que la gente nos visite y salga con una sonrisa, en vez de con preocupaciones. Deseo que Puerto Rico siga brillando, que las personas sigan siendo tan hospitalarias como siempre y que nos sintamos orgullosos de ser boricuas todo el tiempo.
Anhelo que volvamos a ser el País más feliz del mundo, y que nos convirtamos en atletas de la vida. ¡Vamos, boricua! ¡Vamos a ganar esta carrera juntos con optimismo; vamos a traer esa medalla de plata por el bien de nuestra patria!
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Eco-vida
Por Lillian E. Agosto Maldonado
Hace una semana celebramos el Día del Planeta Tierra. Las personas se pusieron camisas con el color verde alusivas a la naturaleza, los principales medios de comunicación lanzaron sus campañas pro ambiente y hasta las tiendas promocionaron la compra de bolsas reusables y ropa con mensajes “green”. En fin, la atmósfera era verde, se le hacía un reconocimiento a la naturaleza, pero más aún, un llamado a los ciudadanos de cómo debemos manejar nuestros recursos naturales.
No podía dejar pasar el momento, sin traer una columna con el tema ambiental. Mi escrito no sólo va dirigido a aquellos que contaminan nuestras playas dejando las latas de cerveza como evidencia de que estuvieron pasando un buen rato. Tampoco va a aquellos que disfrutando de un pasadía familiar, tienen que botar la envoltura de unas galletas y bajan el cristal del auto para hacerlo rápidamente. Lo que están leyendo va dirigido a todos y todas los que habitamos el Planeta Tierra, contaminantes o no.
Desde pequeña he visto movimientos ambientalistas surgir y así mismito desaparecer en Puerto Rico. Algunos apoyando la limpieza de las costas, otros exhortando a las personas a involucrarse en el reciclaje: todos unidos por el ambiente. Al principio, entusiasmo puro, la gente recogiendo basura en la playa, enseñándoles a los niños a reciclar y hasta realizando actividades ambientales. Al final, todavía seguimos haciendo campañas publicitarias para mantener a Puerto Rico limpio, apoyar el reciclaje y recomendar el uso de energías renovables. ¿Tiene que decirnos la televisión, el periódico, la radio y el Internet que hay que echar la basura al zafacón? ¿No podemos entender que la Tierra está respondiendo al trato que le hemos dado? ¿Cómo puede seguir la gente tirando basura así porque sí?
Tuvimos que esperar al calentamiento global y todo lo que se ha dicho de él, para hacer estas campañas “verdes” y entusiasmar a la gente a no contaminar, a reciclar y ser “buenos con la Tierra” que nos da todo. La Tierra lleva dándonos señales hace mucho tiempo. La contaminación es un tema que se ha tratado desde antes de que yo naciera, y de eso van 21 años.
Entonces, no se le debe dedicar únicamente un día al Planeta Tierra. Cada ser humano debe dedicarle su vida al ambiente y gestionar actividades “verdes” con su familia, sus amigos, sus compañeros de trabajo y estudio. Eso que vivimos la semana pasada, donde todo era “verde”, debe ser el reflejo de todos nuestros días. Démosle esperanza a nuestro entorno. No esperemos al Día del Planeta Tierra o a ver ese anuncio de televisión, actuemos ahora: ¡vivamos verde y cuidemos lo verde!
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Ocho segundos
Por Lillian E. Agosto Maldonado
25 de abril de 2009
Era domingo, estaba preparándome para salir y escuché un escándalo tremendo. Sonó como si hubiesen tumbado algo en mi casa, como si se hubiese caído un televisor… Después de salir corriendo de mi cuarto y preguntar con tono jocoso “¿Qué tumbaste ahora, mami?”, me topé con la imborrable escena. Mi papá estaba tirado en el piso sudando y sin poder respirar; había sufrido un infarto cardíaco y sus condiciones de diabetes e hipertensión no lo ayudaban en nada.
Sin pensarlo dos veces, busqué todo lo que podía ayudarme, llamé a mi hermano y junto a él y a mi madre, olvidamos la existencia del 9-1-1 y decidimos llevarlo al hospital. En el camino, iba marcando en el celular a todos los hospitales cercanos y no conseguía comunicarme con ninguno, llamé a la operadora y le grité: “¡comuníqueme con un hospital ahora!”. Mi hermano iba desafiando el tránsito guiando descalzo y llegando casi a las 120 millas por hora, y mami con su increíble y sereno espíritu fue orando todo el camino e intentando tranquilizar a papi.
Nuestro batallón llegó a desplomarse cuando papi, con el poco aire que tenía en el momento, empezó a despedirse. “Lo único que quiero es verlos graduarse”, decía al recordar que estábamos a ley de un año para que mi hermano terminara su bachillerato y yo, mi escuela superior. Nuestras energías cayeron al suelo y comenzamos a enfrentar el shock de que el bastión de nuestro hogar, estaba a punto de irse. Mi padre murió por ocho segundos… ocho largos e intensos segundos.
Son muchos los que al igual que papi, han vivido experiencias tan lamentables, pero a la misma vez tan influyentes y significativas. Momentos como éste son los que nos permiten reflexionar la manera en que vivimos y el sentido que le damos a la vida. Situaciones similares a estas son las que nos permiten reevaluar nuestras vidas. ¿Cuánto disfrutamos nuestra vida? ¿Qué importancia le damos a nuestro diario vivir? ¿Cuánto valoramos nuestros días?
No sabemos qué pasará, ni qué propósito tiene el que nos hayan pasado algo. Quizás, al instante no conoceremos ese porqué, pero con el pasar del tiempo, nos daremos cuenta de lo importante que fue ese suceso y las repercusiones que tuvo en nuestro caminar por la vida. Papi ha mejorado increíblemente, es un milagro de vida. Literalmente, resucitó; su manera de ver la vida cambió por completo y, a pesar de todos los sacrificios que hemos hecho como familia, nuestros vínculos afectivos son fuertes e incomparables. Esos ocho segundos de caos y tristeza se han transformado en minutos y horas de experiencias preciosas, momentos solidarios y unión familiar.
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El trajecito rojo
Por Lillian E. Agosto Maldonado
17 de abril de 2009
Hace 18 años una hermosa dama confeccionó uno de sus mejores diseños. Hilo y aguja en mano, unió sus talentos para obsequiar un incomparable regalo de cumpleaños: un trajecito rojo. No se trataba de Lisa Thon, ni Carlota Alfaro, mucho menos de Agatha Ruíz de la Prada. La hermosa dama era mi abuela y, quien celebraba sus tres años de vida, era yo.
Al llegar a los 21, recuerdo con nostalgia y felicidad, estas lindas experiencias que tuve en mi niñez. La voluptuosa Barbie, fiel compañera; Pochacco, mi compañero de estudios, y Pacheco, el arquitecto de la “ayuda celestial”. ¡Qué lindos recuerdos! La clave para recordar con alegría mis días en la infancia está en mi crianza. Además de Popeye y el Pájaro Loco, mi crianza está fundamentada en los ejemplos que me brindaron mis padres, mis abuelos y mi hermano. Y es que cada momento que recuerdo me hace sonreír y vivir agradecida de una niñez linda, llena de momentos inolvidables y agradables.
Así como yo disfruté mi niñez jugando con muñecas Barbie o viendo los programas de televisión de Xuxa, quisiera creer que los niños de la actualidad disfrutan de sus juguetes y programas preferidos. Por desgracia, vemos a diario cómo los niños son maltratados, física y verbalmente. Son menospreciados e incomprendidos por esos que llaman “adultos”. No hay que estar en sus casas para presenciar estos actos. ¿Cuántos no hemos sido testigos de una escena de maltrato en cualquier centro comercial de nuestro país? Niños que son golpeados por sus padres porque simplemente querían un mantecado. ¿Dónde están nuestros valores? ¿Acaso la educación no comienza en casa?
Según el Departamento de la Familia, en el 2008, se reportaron 38 mil casos activos de maltrato en Puerto Rico. Las estadísticas no pueden seguir creciendo de esta manera. Si nuestros niños son el futuro de este país, ¿cuándo llegaremos a valorarlos y educarlos de una manera efectiva, real y llena de paz y amor?¿Qué estamos esperando para darles un abrazo a nuestros hijos y demostrarle todo nuestro amor y apoyo? Enséñele con su ejemplo, regálele una niñez hermosa ahora, para que en el futuro pueda compartirla con sus amigos y dar gracias a la vida por el amor que le brindaron sus padres y el empeño que pusieron en criarlo de una manera correcta, sin golpes ni lágrimas.
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Incertidumbre
Por Lillian E. Agosto Maldonado
10 de abril de 2009
La palabra que puede describir la situación actual del país y el resto del mundo es “incertidumbre”. Sin lugar a dudas, la crisis económica ha sido el tema por los últimos años y en el 2009, se ha convertido en el centro de todo. Recortes de presupuesto, despidos, déficit y las quiebras son el “pan nuestro de cada día” y por desgracia, si esto sigue como pinta, la depresión colectiva incluirá el famoso cuerito de nuestra Navidad.
Ante este panorama tan triste y, como todos dicen, desalentador, quiero transmitir un poco de esperanza o al menos llevarlos a que piensen de una manera menos negativa. Es difícil de comprender, pero todo esto tiene un propósito en nuestras vidas y no es precisamente, morirse de hambre o estar pela’os. Más bien se trata de valorar las pequeñas cosas y generar el compañerismo y la unión que tan difícil se nos hace convertir en realidad.
Sacarle provecho a los tiempos que vivimos no es una idea descabellada, ni representa una completa locura. ¿Cuántas veces ha pensado en crear su propio negocio? ¿Ha aprovechado la crisis económica para hacer turismo interno y gozar de las bellezas de nuestra Isla al no poder viajar? Si vamos más allá, este es el momento de dejar a un lado los bienes materiales y enfocarnos en los valores que tenemos como personas. Este es el momento de compartir en familia, disfrutar con los amigos y sonreír ante la adversidad. No es algo que suene utópico, sino esperanzador.
Dicen que la generación actual será una muy emprendedora y no hay que dudarlo. El valor que le demos a lo que tenemos ahora, nos hará ver la vida de una forma más seria y productiva en el futuro. No hagamos de estos momentos tan intensos unos más lamentables y difíciles. Aprendamos de ellos, seamos positivos. Como dice la campaña publicitaria: “¡Vamo’ Puerto Rico!”.
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¿Puede ser el del tigre?
3 de abril de 2009
Por Lillian E. Agosto Maldonado
Un día me encontraba en el Parque Luis Muñoz Rivera de paseo con mi familia comiéndonos unas galletitas y una que otra cosita que habíamos traído en nuestra lonchera. En pleno periodo de merienda se nos acerca un deambulante y nos pide dinero.
Tenemos acostumbrado dar algo que pueda ser útil en el momento para estas personas, como comida o ropa. Por lo regular, muchos de ellos piden para que satisfacer su constante uso de drogas u otro vicio y cualquier dinero que reciban será utilizado con este fin. Dentro de nuestra lonchera, había unos “cornflakes” que decidimos ofrecerle. “Toma estos ‘cornflakes’”, le dijo mi hermano. El deambulante al ver el famoso dibujo de un gallo verde en la caja de su futura comida, nos dijo: “¿Puede ser el del tigre?”.
A pesar de que esta anécdota se presta para muchas reflexiones, he decidido pensar primeramente en nuestro constante apego a las marcas de los productos. Vemos como desde pequeños a los niños se les da un juguete o se les acostumbra a llevar una ropa específica, crear un estilo y amar una marca. No siempre son los padres los que le inculcan ese amor a una marca, sino su entorno en general, los medios y los amiguitos de la escuela, por ejemplo. Creamos con esto una atmósfera de discrimen contra los que no tienen esa marca en particular, sin saber si su situación económica no se lo permite o si simplemente no les gusta o no la quieren usar.
El constante enamoramiento de personas con marcas costosas o que evidencien cierto estado económico y social es casi un deber para la sociedad, “tienes que tenerlo”, como dicen por ahí. En cambio, hay personas sencillas que no dependen de una marca para ser quienes son o para demostrar algo que no son. Son conformes con sus camisas sencillas, sin símbolos que los identifiquen o letras que les otorguen “glamour”.
Dicen por ahí que “no hay persona más elegante que la que es sencilla”. Yo le añadiría la humildad a ese dicho. Muchas veces por estar mirando por encima de los hombros no nos damos cuenta de la calidad de vida que podemos tener si miramos más abajo y nos percatamos de que hay más gente en el mundo. Nuestras acciones son más importantes que las cosas que nos ponemos o el carro que usamos. Dejar el “guille” y ser más humanos, esa sí que debe ser nuestra marca.
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27 de marzo de 2009
Por Lillian E. Agosto Maldonado
Sí, nos eliminaron. Inesperadamente, Estados Unidos nos ganó en lo que fue nuestro último juego en el Clásico Mundial de Beísbol 2009. Miré como decenas de “status” de Facebook cambiaban entrada por entrada en la espera del triunfo. Sentí nervios y desesperación ante la crisis de la novena entrada. Yo también fui una de las que se mantuvo al borde del asiento en la expectativa de la anhelada victoria.
Sin embargo, la realidad del asunto es que, fuera del Clásico, nunca había visto una ocasión en que una nación se uniera tanto como la nuestra en este pasado evento deportivo. Un bate y una bola nos dieron el sentido de solidaridad y la dimensión de orgullo que necesitábamos como puertorriqueños. Qué bien se sintió saber que existe el compañerismo y la conciencia colectiva de un solo pensar, la unión, la fuerza. ¿Cuántos estaban preguntándose a qué partido político pertenecían al presenciar el juego? ¿Qué importó la raza, el género o la clase social a la cual pertenecían los seguidores de los jugadores?
Definitivamente, eventos como éstos son los que solidifican nuestro sentido patriótico. Compartir risas, triunfos, éxitos y, claro está, fracasos y derrotas, es parte de un pueblo. Vivirlo juntos es un verdadero privilegio, sin discrimen, sin guerras, sin odios: todos con el mismo norte. Que agradable se siente compartir con nuestros compatriotas sin pensar en política o en el I.V.U., sin evaluar qué partido tiene la razón o qué propuesta económica nos hará tener menos billetes en los bolsillos.
El verdadero “jonrón” no lo dio Delgado, ni Rodríguez. El verdadero “jonrón” lo dimos nosotros que como pueblo, nos olvidamos de las cosas que nos hacen vivir distanciados y nos unimos para apoyar a los nuestros. No existieron colores que nos separaran, ni ideales que nos dividieran, sólo los colores de la monoestrellada y los ideales patrióticos. No esperemos al Clásico del 2013 para volver a experimentar esto. Vivamos en unión y armonía siempre, sin pensar en colores, razas o géneros, con la frente en alto y el orgullo boricua palpitando en nuestros corazones.
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Viviendo a plenitud los días
14 de marzo de 2009
Por Lillian E. Agosto Maldonado
Hace varios meses visito una terapia todos los sábados. No estoy enferma, ni padezco de adicciones ni nada parecido, pero esto funciona como desahogo y es una completa escapadita de la realidad. Los sábados disfruto de las Noches de Bohemia en la Plaza Dársenas del Viejo San Juan. Me dirá: ¿por qué ella está anunciando eso? ¿Qué pasa con esas “Noches de Bohemia”?
La respuesta es sencilla. Las Noches de Bohemia en la Plaza Dársenas son más que unas personas cantando boleros o bailando pega’o. Ejemplifican una amplia gama de enseñanzas que trastocan la vida del que participa de ellas. Estos “viejos… amigos”, como ellos mismos dicen, se reúnen cada sábado con el propósito de celebrar la vida. Ya sea bailando o cantando, haciendo reír a quienes los ven o simplemente escuchando melodías como “En mi Viejo San Juan y “Si nos dejan”. Ésta es su manera de disfrutarse la vida y hacer que otros la disfruten.
Muchos piensan que es una soberana ridiculez ponerse a bailar en una placita en San Juan. Otros pasan por allí y al ver lo que está pasando dicen: “Ay bendito…”. Pero otros pasamos y nos contagiamos con su alegría, bailamos y cantamos con ellos, pero sobre todo, los admiramos. Había visto varias formas de gozarse la vida, pero nunca había percibido una tan genuina y especial como ésta.
Deberíamos aprender de ellos. Quizás nosotros en plena juventud ni nos atrevemos a salir a la calle. Tenemos toda la energía del mundo y no le sacamos provecho. Nos pasamos malhumorados, tristes y refunfuñando por cada cosa que nos pasa y ni siquiera nos detenemos a agradecer a la vida que nos ha dado otro día para disfrutarla. Nuestras constantes quejas no nos permiten tener una vida plena, llena de solidaridad y paz. En cambio, estas personas disfrutan de su vida todo el tiempo, sonríen y comparten su felicidad con todos.
No le pido que sonría plásticamente todo el tiempo o que se prepare un té de felicidad a diario, le pido que reconsidere lo que hace con su vida. “La vida es nada”, me dijeron una vez y en definitiva su duración es eso… nada. Está en nosotros darle un sentido a nuestro diario vivir. Bailar al son de boleros, reírse y compartir esa risa con otros, en fin, disfrutar de una verdadera vida.
La autora de la columna es Lillian E. Agosto, estudiante de tercer año de periodismo.
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porfa como se llama el dicumental ke le hacian a ismael rivera gracias
5 marzo 2011 a las 12:24 am
Aquí aparece. Gracias por escribir.
Ismael Rivera: El Sonero Mayor en 3 tiempos. http://ow.ly/48s4P
5 marzo 2011 a las 7:07 am